De la historia mal contada y otras calamidades.
10 de mayo de 2013
Patriotismo y retóricas fílmicas
31 de diciembre de 2010
El final del Bicentenario.
2. A propósito de la última pregunta formulada, todo parece indicar que la historia —con mayúscula y con minúscula— se quedó en el ámbito académico... y de ahí no salió. Hasta donde me es posible saber, los libros editados por los historiadores profesionales se quedaron ahí, en el propio medio, porque sigue faltando esa voluntad comunicativa que haría de la historia algo accesible para la gente y, en consecuencia, algo agradable, algo que pudiera convertirse en conocimiento necesario, no sólo en una suerte de amasijo de datitos accesorios para apantallar al vecino, al teleauditorio o al radioescucha. En este 2010 fue evidente cómo el medio dedicado a la historia —en el que conviven historiadores profesionales y manoseadores del tema— parece residir en una dimensión distinta de aquélla en que habita el resto de la población. De otro modo, no se explica uno cómo es que el público que asiste a los congresos se conforma mayoritariamente por los propios integrantes del medio que, todos a una, se dedican a explicar lo hiperespecífico de lo detallado de lo minucioso, lo cual se convierte en el no va más de lo intrascendente, lo que a nadie llama la atención, lo que se queda entre el selecto grupo de los iniciados a los que se adhiere uno que otro cultillo. Pero, en general, el conjunto de la población no quiere, no tiene con qué, o simplemente no siente el mínimo interés por acercarse a lo que produce el gremio. Así, de los coloquios celebrados este año, los libros especializados dados a la luz y los artículos aparecidos en las revistas hechas por la academia, poco o nada quedará en la memoria.
3. Los productos de divulgación son también un tema que merece tratarse en este espacio. En el año que concluye observamos bodrios sublimes —como el par de telenovelas dedicadas a Zapata y a las luchas independentistas—, esfuerzos loables pero mal encaminados —como la serie Discutamos México, que terminó por ser cualquier cosa menos una discusión o una propuesta que resultara atractiva para el público en general—, novelas de distinto cariz —buenas, regulares y malas, desde el Morelos de Palou hasta el Matamoros de Silvia Molina, pasando por las tonterías habituales de Francisco Martín Moreno—, libritos de pseudo ficción histórica pretenciosos y un tanto indigestos —la serie Charlas de café—, tiras cómicas de muy extraña manufactura —como la editada por El Colegio de México a propósito de la revolución, donde se combinan un texto soso y poco creíble con dibujos que parecerían presagiar la aparición, en cualquier momento, de Batman o Supermán—, películas generalmente malas —la peor, Héroes verdaderos; mediana y dispareja, El atentado; ridícula, Hidalgo—, todo ello acompañado por un par de revistas bien logradas —Bicentenario y 20/10— de las que sólo se podría criticar, a la primera, su escasa distribución; a la segunda, su elevado costo; a ambas, el modo en que llegaron a trivializar algunos hechos o el desenvolvimiento de ciertos personajes —aunque nunca en el modo en que lo hace Relatos e historias, publicación francamente olvidable que combina lo ya indicado, la trivialización, con un afán de presentar lo verdadero de la verdad más veraz—. En suma, tampoco el rubro de la divulgación se salvaría —con las notables excepciones mencionadas— de la quema, al hallarse sumergida en el despropósito constante, la tergiversación y el carácter patriotero que todo lo invadieron y que crearon un ambiente de desinformación histórica digno de verdadero horror.
4. Finalmente, quedaría por pensar cuál fue la idea de la historia que privó en lo señalado. Ante todo, es evidente que los cerebros —podría ser generalmente un eufemismo, salvo en los ejemplos rescatables— a cargo de los desvaríos comentados tenían claro que el pasado, como tal, se deposita en el presente, lo construye y lo encamina por una senda determinada sin rupturas, discordancias ni desviaciones. Lo paradójico del caso reside en que ese mismo pasado, en el que se ancla la frase "doscientos años de ser orgullosamente mexicanos" —y todas las que, de semejante catadura, idearon los publicistas ignorantes pero con ínfulas de personas creativas—, se tendió a dejar ahí, en el pasado inmaculado en que, sin asomo de disputa, coexisten Hidalgo y Allende, Villa y Carranza, próceres forjadores de lo que es hoy el país. En esta concepción dual del pasado —uno que transita hacia el presente y otro que permanece estático y broncíneo en su sitio— se movieron los festejos, aderezados por las opiniones del "pensamiento crítico" —tan crítico como descontextualizador y anacronizante, perdonando las palabrejas— que señalaban la imposibilidad de festejar algo dada la situación en que se desarrolla la vida nacional actualmente. Entre tal desbarajuste, ¿se comprendió la historia? No, desde luego. ¿Qué fue lo que, de ella, se transmitió al público en general? Apenas un puñado de nombres, fechas, sitios y sucesos, exaltados según las personales filias y fobias de los organizadores de las celebraciones e impuestos sin distingo a calles, plazas, avenidas, monumentos y edificios diversos, recordados medianamente en desfiles —simpáticos y absurdos, de todo hubo— y en discursos carentes de lógica e incluso de congruencia. Sin embargo, los procesos históricos como tales quedaron confinados a su ámbito habitual de análisis y explicación: la academia. En tanto, la gente, en general, sólo se enteró de lo mínimo, aderezado por las ridiculeces presentadas en el cine, la televisión y los periódicos —o los libros, aun sabiendo que la mayoría de la población no se acerca a un libro como no sea para nivelar la pata coja de la mesa— sin reflexionar acerca de qué implicaba el mentado Bicentenario, de qué se trataba y de qué manera, o maneras, podría examinarse.
El año que habrá de comenzar en poco más de seis horas, 2011, será por completo distinto al que termina. Cierto es que, como ya comentaba, las microconmemoraciones proseguirán —el bicentenario de la derrota de Hidalgo, el centenario de la entrada de Madero a la Ciudad de México, por mencionar el par de ejemplos más notables—, pero todo quedará en un nivel de difusión mucho menor, máxime al arrancar las campañas en pos de la Presidencia de la República y subir el tono de las descalificaciones entre los suspirantes a algún cargo de elección popular. No obstante, y como conclusión, me queda una duda enorme por resolver: en el programa con que cerró, en materia histórica, la serie Discutamos México —conducido por Gloria Villegas, a quien acompañaron Ilán Semo, Evelia Trejo y un impresentable que responde al nombre de Alejandro Rosas—, se hablaba de la existencia de un auge en el estudio de la historia, a lo que contribuía la diversidad de obras dedicadas a la divulgación de la disciplina. ¿De verdad? ¿Existe un auge en el estudio del pasado? Posiblemente, pero ¿de qué calidad es tal estudio? ¿No, por ventura, se halla preso entre la incomprensibilidad, el detalle, la repetición o el abordaje de temas nada interesantes que se verifica en el medio académico, y la banalización, el retrato de la verdad-verdadera o el desvelamiento de todo lo que uno siempre quiso saber y nuca se atrevió a preguntar sobre tal o cual cosa, del modo en que hacen los divulgadores malos? Me parece que sí. De hecho, tal es el problema de mayor importancia a que, en mi opinión, se enfrenta la historia en la actualidad: el enclaustramiento del gremio historiográfico tras los muros de la disciplina —con lo que el lego queda excluido— y la consiguiente ausencia mayoritaria de canales, técnicas, procedimientos y herramientas de divulgación serias y efectivas, lo que a su vez posibilita el asalto al pasado que tiene lugar de la mano de los aficionados a enredarlo todo y a presentar chismes, compendios interminables de datos o soserías de variada envergadura —desde Rius y El Fisgón hasta Taibo II y Villalpando—. A partir de ello es posible inquirir sobre lo fundamental: la diversidad de materiales de divulgación a que se ha aludido, ¿nos ayuda a comprender a la historia? ¿O sólo propende a su deformación? ¿Qué historia es la que se divulga? ¿Cómo, por qué, por quiénes y para quiénes se divulga? ¿Puede el gremio hacer en relación con ello algo que sea eficaz, y no sólo conformarse, como aconteció en el programa de televisión citado, con creer que lo que hay es bueno, eficiente y suficiente? Tales preguntas me parecen en extremo pertinentes para comenzar el 2011; de la eventual solución que el medio decida aplicar dependerá, en mucho, el futuro de la disciplina y de quienes nos ganamos la vida con su estudio, enseñanza y difusión.
Feliz 2011 a quienes leen este espacio. Nos veremos de nueva cuenta cuando la historia mal contada asome su fea cara en el horizonte lo que, por desgracia, es harto común.
2 de octubre de 2010
Historias de combate
13 de septiembre de 2010
La crítica, la opinión, el disparate.
9 de septiembre de 2010
Atentados fílmicos.
31 de agosto de 2010
Gritos muertos.
Hoy dio inicio la esperada serie de Televisa Gritos de muerte y libertad. Con un reparto que abarca de lo sublime a lo ridículo, la empresa televisora pone su granito de arena para imbuir a los mexicanos un poco de conciencia histórica y, de paso, mostrar la visión que tiene del pasado nacional.
A primera vista, la serie promete: decorados de lujo, vestuarios impresionantes, utilería de primer mundo. Cierto es que tiene sus fallas en el vestuario —a mi gusto, le sobran encajes a las camisas de los realistas—, en las escenografías —la serie de escalones que dan acceso a la casa de Azcárate parece un disparate supremo— y en las caracterizaciones —dicho en breve, sobran barbas, sobre todo las de Primo de Verdad e Iturrigaray— pero, más allá de eso, el impacto visual es innegable sin resultar exagerado —como sí lo es, por ejemplo, el insondable escote con que Ana de la Reguera promueve, en espectacular afiche, la película Hidalgo— y, sobre todo, parece atinado.
¿Cuál es, entonces, el problema de la serie? Justamente, todo lo que se relaciona con los personajes. Por principio de cuentas, se apela a la clásica dicotomía entre buenos y malos, lo que no deja adivinar el sentido de las acciones emprendidas por los personajes. Así, los realistas ansían permanecer en el poder —en lo que no hay error alguno—, mientras que los criollos autonomistas, ya desde un principio, vislumbran que su causa quedará mocha si no busca, en algún momento, la libertad total de la Nueva España. Así, entre la santificación de los miembros del ayuntamiento de México y la asunción de éstos en tanto personajes poseedores de una clarividencia innegable, la serie arranca mal. Muy mal.
Viene luego el problema de los diálogos. ¿Quién diablos construyó los parlamentos de los personajes? ¿Por qué las únicas líneas vivas las pronuncia Miguel Rodarte —que personifica a Azcárate— al decir, con muy bien actuada furia, "un cura loco no va a cambiar nada", mientras que el resto de los héroes son de cartoncillo vil? Los héroes, de cartoncillo; los villanos, de paja. Si de algo ha carecido el primer episodio de la serie es de fuerza, más allá de una buena escena protagonizada por Mario Iván Martínez. El drama que se vive en la Ciudad de México entre agosto y septiembre de 1808 queda reducido a un enredo suave, a un problemilla pasajero. Lo que se juega, ni más ni menos que el poder y las riquezas de la Nueva España, se limita a un "Ajá. El virrey es un ladrón. Señor arzobispo, hay que frenarlo". "Sí, bien, así haremos". Tanta emotividad me conmueve.
Si los diálogos son para llorar, la dirección escénica es para morir, y no precisamente entre gritos, sino más bien víctima de algún susto... o de bilis. Dentro de la secuencia final, Gabriel de Yermo se apersona en la misma recámara del virrey —y lo pilla punto menos que en calzoncillos— y le sonríe malignamente. Lo ha cazado y echará abajo, en connivencia con los miembros de la Audiencia, sus planes autonomistas. Vaya, parecería estar bien, ¿o no? Pues no: al entrar los guardias de la Real Audiencia, el virrey sufre una cuadraplejia súbita —o al menos eso parece, toda vez que pronuncia unas frases ridículas y, de inmediato, queda inmóvil, con los brazos abiertos en cruz— mientras que, de la nada, sin señal alguna de por medio, Yermo aparece junto a la cama, como si de Satanás se tratara, rascándose satisfecho la barriga y con sonrisa socarrona incluida. Sólo le falta el tufillo a azufre.
Los personajes, entonces, aparecen a voluntad en el sitio en que el guionista lo ha prescrito. Tan es así que la siguiente escena representa a Azcárate, Talamantes y Primo de Verdad en pleno acto de dar con sus huesos en la cárcel; segundos después, los dos últimos son asesinados —con lo que la historia contada da por cierto algo que no se sabe a ciencia cierta, pero que resulta admisible en tanto interpretación—; segundos más tarde, a Azcárate le ha crecido una enorme barba —a la moda Montecristo/Jim Caviezel— y un letrerito anuncia "Ciudad de México, septiembre de 1810". Ah, caray. ¿No estábamos en 1808? ¿Cómo pasaron dos años así, sin sentirlos? Cierto es que el tiempo vuela, pero el modo en que la serie lo trata resulta... excesivo, por decirlo de algún modo. El tiempo vuela y las noticias también porque, encerrados en un foso pestilente, Azcárate y compañía saben del movimiento de Miguel Hidalgo —se ignora cómo han logrado enterarse—, saben que el tío no tiene la menor idea de cómo deberá guiar a las masas sublevadas, y ya vislumbran la independencia. Comunicaciones posmodernas en pleno siglo XIX.
Las enormes —léase e-nor-mes— fallas en los diálogos y en la secuencia misma de las imágenes se intentan remediar mediante textos insertados aquí y allá que, con lenguaje de peor libro de texto, tratan de explicar qué es lo que está pasando. Sin embargo, sirven de muy poco porque, en lugar de ampliar la información en la medida de sus posibilidades, se limitan a repetir lo que recién ha mirado el espectador. Así, tras observarse la prisión del virrey y de los miembros de ayuntamiento, una notita aclara: "el intento autonomista fue acallado con un golpe de Estado". Obvio, señores míos: eso se ha visto. No obstante, es posible que la televisora tenga muy en cuenta que el auditorio de la misma se compone de seres no pensantes y, por lo mismo, apele a la redundancia —que no a la explicación— para poner en claro las cosas. Aunque, pensándolo bien, si los espectadores son iletrados, ¿sabrán qué implica tal "intento autonomista", o qué significa dar un "golpe de Estado"? Se duda mucho. También dudo que los espectadores de esta miniserie encajen por completo en los parámetros del auditorio típico de telenovelas, con lo que los textitos lelos se convierten, no sólo en un sobrante, sino quizás en un insulto a la inteligencia.
Tal es, en resumen, la nueva serie histórica del monstruo televisivo. No sé qué pretendan con su exhibición porque, si como instrumento de divulgación histórica resulta un bodrio supino, como programa de televisión no lo es menos. Sin trama, sin personajes fuertes, sin diálogos convincentes, ¿qué será de estos gritos? Tal vez algo para morir... de la risa. Y eso que sólo se ha transmitido un capítulo; quedan doce listos para ser recortados.
Por cierto: si quiere usted, amable lector, saber quién o quiénes son los responsables de la sarta de errores aquí comentada, afine su vista supersónica y "apúntele bien", porque todos los créditos —un total aproximado de ocho páginas— aparecen en, a lo sumo, dos segundos al final del episodio.
31 de diciembre de 2009
El año bicentenario.
En diez horas, minutos más, minutos menos, comenzará el tan anunciado 2010, año del bicentenario de la independencia y del centenario de la revolución; año en el que, para no perder la costumbre -si el presupuesto lo permite-, escucharemos discursos huecos, presenciaremos la aparición de libros sin sentido alguno, contemplaremos la construcción de monumentos de distinto estilo y valor estético y, por si fuera poco, nos hallaremos sometidos a campañas publicitarias intensivas en las que, de un modo u otro, se nos hará ver la importancia de ser mexicanos, democráticos, felices y, por supuesto, independientes.
Más allá de lo anterior, las preguntas que guían estas reflexiones son: ¿hacia dónde marchan los festejos del centenario y del bicentenario? ¿Qué anima a los gobernantes a realizar todo lo mencionado? Más importante aún, ¿cómo se entiende la historia desde el enfoque de las conmemoraciones centenaria y bicentenaria? Trataré de hacer un poco de claridad, desde mi perspectiva, sobre tales cuestiones.
Por principio de cuentas, vale anotar que las celebraciones que tendrán lugar el próximo año son, como quiera que se les vea, un par de sinsentidos, un par de conmemoraciones hueras que, por seguir con la costumbre, asocian el inicio de algo -si es que el mismo acotecimiento puede considerarse como un antecedente, directo y natural, de aquello que se constituirá en tanto significado del mismo o, dicho de otra manera, como "palabra clave" del proceso- con su resultado. Así, proclamar -tal y como hacen una televisora sin cerebro, una comisión del gobierno federal encabezada por un pseudo historiador, y decenas de comisiones estatales y municipales manejadas lo mismo por aficionados que por sanguijuelas políticas- que el próximo año se conmemorarán los "doscientos años de ser mexicanos" o que celebraremos "el cumpleaños doscientos de México", significaría que, por la sola obra del grito de Dolores, México habría aparecido como entidad geopolítica diferenciada, poseedora de un territorio y un gobierno propios -dicho en toda la amplitud del término-, cuando lo cierto es que, para todo efecto, el nombre mismo sólo servía para definir una intendencia de la Nueva España y, por consiguiente, a la ciudad que servía como capital de la misma y del virreinato en su conjunto. En cuanto al centenario de la revolución, parecería ser que los problemas son menores, dado que la derrota del PRI en el año 2000 ha conducido a que la celebración del 20 de noviembre se convierta en un asunto menor, visto que el partido en el gobierno no se asume como heredero de la lucha armada, ni intenta conectarse de forma directa con el acontecimiento.
El problema más grande a que la disciplina histórica se enfrentará el próximo año consistirá, justamente, en delindarse del cúmulo de despropósitos que autoridades, partidos políticos, comisiones varias, y sobre todo aficionados al manoseo del pasado, realizarán en medio de la efervescencia centenaria. El primer punto a atender es simple: ¿realmente el 16 de septiembre y el 20 de noviembre pueden verse como el inicio de aquello que concluyó en 1821 y en algún momento de la década de 1920? ¿O todo es parte de una simple dotación de sentido realizada, como es natural, a posteriori, mediante la cual se asumió que Iturbide era el consumador de la obra iniciada por Hidalgo, y que los gobiernos del maximato constituían el cierre del movimiento maderista? Si se mira con ojo crítico, resulta claro que todo es parte de procesos distintos: la consumación iturbidista -a la que hábilmente fue sumado un muy ingenuo Vicente Guerrero- se originó desde un proyecto distinto al acariciado por los conspiradores de Querétaro, mientras que los gobiernos posrevolucionarios tenían, por definición, ideas del poder, el bien común y la conformación del Estado, diferentes a las perseguidas por Madero en el Plan de San Luis. Por tanto, lo lógico es preguntar ¿qué celebraremos, si lo ocurrido en 1810 y en 1910 no tuvo el efecto discursivo que se le ha asignado? Es decir, ¿cómo asumir que se debe a Hidalgo -en una aberrante personalización de la historia- la independencia, o a Madero -nueva personalización- la modernidad nacional?
Un elemento que se pasa por alto en la euforia festiva es el hecho, tan simple como evidente, que aquello que se festejará -independencia, revolución- no pasó como tal el día en que se conmemorarán el bicentenario ni el centenario. Así, el 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo exclamó algo -que no se sabe bien a bien- en el atrio de la parroquia de Dolores, juntó a unos pocos seguidores, apresó a las autoridades del minúsculo poblado, liberó a los presos que se encontraban en la cárcel local... y nada más. O sea, de independencia, nada porque, para comenzar, la misma no se hallaba entre sus planes -por mucho que le quieran buscar algunos sesudos especialistas en la materia-, mismos que se centraban en la obtención de una mayor autonomía política y económica para el virreinato pero sin romper los vínculos con la metrópoli. En cuanto a la revolución, sabido es que Madero pidió a los ciudadanos inconformes con la dictadura porfirista que el 20 de noviembre de 1910, a las 6 de la tarde, tomaran las armas y se sumaran a su movimiento, y que quienes se hallaran en localidades alejadas de las principales poblaciones debían ponerse en marcha desde la víspera. Lógicamente, ante la información recibida, las autoridades estaban atentas a cualquier síntoma de rebelión y, como era de esperarse, el día 20 no sucedió nada.
Visto lo anterior, me permito reiterar mis preguntas: ¿qué se celebrará el próximo año en cada una de las magnas fechas recién mencionadas? ¿Es realmente "el cumpleaños de México" el 16 de septiembre? ¿El país sufrió una revolución -política, económica, social, cultural- el 20 de noviembre? La respuesta es simple: no, nada. ¿Para qué sirve, entonces, festejar? Bien... este... pues, obviamente, para lo que sirven los festejos patrios: para tomar un fragmento del pasado, eliminarlo de su contexto, y crear una continuidad ininterrumpida con el presente, trazando un muy equivocado proceso de larga duración -como lo son casi todas las largas duraciones, ficticias y plenas de rupturas que son dejadas de lado, Foucault dixit- que dote de identidad a México, como si éste pudiera entenderse desde una sola perspectiva homogeneizadora, como si todo el "ser del mexicano" -vaya despropósito, por mucho que Octavio Paz haya abundado sobre la materia- se explicara a partir de un par de momentos considerados fundacionales.
Sea como sea, los festejos del próximo año servirán para que, por un lado, existan quienes se dediquen a ensalzar, sin ton ni son, la labor de los prohombres que nos dieron patria, libertad, democracia y modernidad, mientras que no faltarán los anacrónicos o los descontextualizadores -muchos de ellos, oh desgracia, integrantes del propio gremio de historiadores- que cuestionarán qué clase de patria, libertad, modernidad y democracia tenemos el día de hoy, e incluso no faltará el loco que, por todos los medios a su alcance, pretenderá erigirse como el nuevo Hidalgo, el nuevo Madero o, inclusive -aunque nada tenga que ver con lo celebrado-, el nuevo Juárez. En la posmodernidad instantánea que permite eliminar los años transcurridos entre el "inicio" de cada proceso y su conclusión -poco evidente en el caso de la revolución o, cuando menos, carente de definición cabal-, lo primero equivale a lo segundo -como si comprar harina equivaliera a tener el pastel listo para ser deglutido-, los personajes trasponen sus horizontes históricos específicos, las categorías enunciativas se vuelven polvo ante el manoseo desmedido, y los teóricos del caos -por completo ignorantes a los mínimos planteamientos históricos serios- anuncian el inminente comienzo de otro movimiento, dado que la historia "se repite". Vaya patochada.
Feliz 2010 a todos los lectores de este textito. Esperemos que, más allá de la ola de estulticia que se dejará venir, sea un mejor año para todos y que, para quienes nos dedicamos a la divulgación de la historia -bien hecha, no cercana a Villalpando, Crespo, Rosas, Martín Moreno y simuladores de parecido cariz-, al menos se nos deje, para opinar, una pequeña parcela en el terreno donde todo mundo hablará de las fiestas, aun sin saber bien a bien de qué va la cosa.