10 de mayo de 2013

Patriotismo y retóricas fílmicas

Mi desconfianza con respecto a cualquier producto fílmico de corte histórico es proverbial, como saben bien quienes me conocen. Ha sido tal la cantidad de bodrios, bodoques, esperpentos y disparates que he observado a lo largo de los años que, cada que se anuncia el estreno de una nueva película histórica, me la pienso diez o quince veces antes de acudir al cine. Después de tomar mi decisión, resignadamente aparto mi dinerito, me dirijo a las salas que me quedan más cómodas y, durante el tiempo que dura la película, hago una bilis enorme. Los vestuarios están mal. La ambientación es espantosa. Los decorados parecen hechos por niños de preescolar. Las actuaciones son ridículas. La trama histórica —o sea, el fondo del asunto— es una tomadura de pelo. Fin del asunto. No sé a qué demonios vine. Cuando se divulga otra película por el estilo, hago de tripas corazón y repito el numerito. Paso a paso.

Hace unos meses se anunció el nuevo gran proyecto histórico del cine nacional. La batalla del 5 de mayo. Una súper producción filmada en los escenarios reales, con un presupuesto enorme y un reparto más que decente. Ya veremos. Transcurrieron las semanas y, de pronto, voilá, la película se ha estrenado. La premiere en Puebla es un éxito, medio mundo se hace lenguas acerca de lo acertado de la dirección, de la calidad de la fotografía, de la precisión del vestuario, de las buenas interpretaciones, de los impactantes efectos especiales. Sin embargo, las críticas están divididas. Unos —yo mismo, en un principio— no atinaban a ver en dónde encajaba Kuno Becker como Ignacio Zaragoza. Otros no se cansaban de darle de palos a la cinta por el simple hecho de que era "un producto de Televisa". O sea, del demonio encarnado. No faltaba el que decía que era una cosa infumable ni quien, incluso, mencionaba que estaba muy por debajo de aquella infausta Mexicanos al grito de guerra, filmada hace setenta años y que, para todo fin práctico, es un cuento patriotero sin mucho sentido, en el que abunda el humorismo involuntario —la escena en la que Pedro Infante sostiene un duelo de himnos nacionales con un corneta francés es para partirse de la risa, por decir lo menos—. En resumen, la película podía ser cualquier cosa: una obra de arte o una soberana estupidez.

Como de costumbre, sostuve conmigo mismo el debate de siempre. ¿Cine histórico? ¿Para qué? ¿No es, acaso, tirar el dinero? ¿Y qué tal que no? ¿Qué tal que la cinta está, cuando menos, pasable? ¿Cómo podría estarlo, si los avances son espantosos? ¿No será solo una mala elección de escenas?

Finalmente decidí que habría que verla y que, como suele suceder, no habría mejor modo de someterme a semejante experiencia que con mi amada Ana Silvia que, para el caso, es la experta en siglo XIX. Organizamos el plan, nos apersonamos en el cine, compramos nuestras entradas —dos por noventa y ocho pesos; nada mal— y nos dispusimos a pasar el rato con la tijera bien afilada en la mano. 

Contra todo lo que esperábamos —porque, a decir, verdad, sí esperábamos algo que se encontrara más en el terreno de las porquerías—, la cinta no es mala. De hecho, es buena y muy disfrutable. Realista, bien contada, con buenos recursos técnicos y, sobre todo, con la cantidad adecuada de mugre, de desorden, de explosiones, de sangre, de quemados y de mutilados. Lo justo para crear un ambiente verídico, sin exagerar. Si acaso, su problema más grande es el abuso que se hace de las tomas en las que la cámara se mueve tipo Bruja de Blair. Es, quizá, lo más fastidioso y lo que termina por molestar la vista y marear al espectador. Sin embargo, debe reconocerse que, como recurso para crear un ambiente caótico, es inmejorable el manejo que se hace de tales tomas. Es, creo yo, la primera película en la que el caos de la batalla es eso, precisamente: un caos completo. Un conjunto de situaciones ininteligibles. Un punto del espacio y del tiempo en el que no se entiende nada, en el que todo sucede al unísono, en el que no hay orden ni concierto. La cámara se mueve de tal modo que no es posible enfocar nada, justo como debe suceder en un campo de batalla real donde se corre para un lado o para otro, donde se dispara como se puede, donde se mata al contrario a pedradas, a cuchilladas, con el sable o a tiros. Donde se da un paso y se encuentra una pierna, un ojo, una mano, un charco de cualquier cosa. Donde una granada estalla, donde vuelan pedruscos y esquirlas, donde matar al enemigo y no al amigo parece más cuestión de suerte que de pericia. Mover la cámara aparentemente al azar permite reconstruir eso, un campo de batalla real, no uno aséptico, de esos en los que los héroes entran por un lado y salen por el otro apenas con un poco de tizne en las mejillas y los cabellos mal acomodados. ¿Funciona, entonces, el interminable oscilar de la cámara? Podría decirse que sí.  Se agradecería si se hubiera hecho menos uso de él pero, como sea, parece tener un objetivo claro.

Valdría destacar, para los colegas interesados en la cantidad de "verdades verdaderas" que se incluyen en una cinta o en una novela, la acuciosidad con la que se cuidaron los detalles históricos en la hechura del filme. Ahí es donde esta cinta se separa del resto de las que abordan el tema y que, si las cuentas no me fallan, son apenas un puñado. No es una película en la que los mexicanos únicamente saltan al campo de batalla en Puebla y liquidan al francés tras sufrir pérdidas humanas espantosas. Tampoco es una en la que los ejércitos se traban sin ton ni son a las puertas de la capital angelopolitana. Es decir, es eso —no hay cómo contar la batalla de Puebla sin hacer énfasis en esa misma batalla—, pero también es mucho más que eso. Es la narración de un proceso, el recuento detallado del tránsito de los franceses desde el puerto de Veracruz hasta las goteras de Puebla. Por lo tanto, es una cinta en la que lo mismo aparecen el desastre de Chalchicomula que la batalla de las Cumbres de Acultzingo, la emboscada de Atlixco y los alcances de la estrategia de tierra calcinada ordenada por Zaragoza para mermar las fuerzas del enemigo. La cinta no es, para decirlo pronto y bien, un disparate bélico —como podría serlo cualquiera de las cien que Hollywood filma al respecto cada año— ni uno patriotero sino, por el contrario, un producto de divulgación histórica bien hecho. Y no es para menos si, más allá de la mujer desconocida —al menos para mí— que se encargó de pergeñar la historia original, se encuentra mi muy querido y admirado Pedro Ángel Palou —el cronista, no su hijo el literato—, presidente del Consejo de la Crónica del Estado de Puebla, cuya asesoría se ve en la forma en que fueron tratados desde los grandes sucesos hasta los detalles nimios. La mano del profesor Palou y, también, la de Eduardo Merlo, fueron decisivas, creo yo, para darle forma al filme y hacerlo un producto creíble, muy alejado de los bodrios pseudo históricos que algunos directores muy imaginativos —o muy cretinos, o muy idiotas— nos habían recetado en los últimos años. 

A pesar de lo mencionado, la película tiene sus pequeños errores. Algunos son imprecisiones menores —como, por ejemplo, el hecho de que no aparezcan, al inicio de la cinta, ni Manuel María de Zamacona, ni Charles L. Wyke, cuando todo indicaba que tendrían que haber estado ahí, o que este último no esté mientras se discute acaloradamente lo que habrán de hacer los firmantes del Tratado de Londres ante la insistencia francesa de invadir el territorio mexicano—. Otros se relacionan con la elección de ciertos miembros del reparto —Ginés García Millán, en su papel de Juan Prim y Prats, se ve viejo, aunque su actuación lo salva, y con creces; el inglés William Miller, aunque interpreta con maestría a Lorencez, no deja de estar caracterizado de un modo sumamente extraño; Álvaro García Trujillo, en su papel de un Saligny que, inexplicablemente, se mantiene sobrio a lo largo de la película, es muy inferior en todo sentido a Miguel Arenas, encargado de dar vida al mismo personaje en Mexicanos al grito de guerra—. Algunos problemillas más, como suele pasar, tienen que ver con el carácter de que se ha investido a ciertos personajes —el siempre sereno e inmutable Benito Juárez, o los soldados que, en pleno siglo XIX, se comportan como si se encontraran en el XXI—. Otros, por último, son errores planos y llanos, producto de una falta de atención, una mala comprobación o un simple descuido —soldados que beben tequila y no aguardiente; los cabellos largos del conde de Lorencez; las barbas rubias de Napoleón III; el sonido de unos disparos que, extrañamente, parecen salidos de una ametralladora; la estatura de Benito Juárez.

Los mencionados son, con todo, pequeños detalles que no obran en contra del producto final. De un producto en el que, antes que nada, se cuenta bien una historia. Mejor aún, una historia cuyo tratamiento se efectúa desde  varias perspectivas distintas. La primera de ellas, la de la plana mayor del Ejército de Oriente y, en especial, la de su comandante en jefe, espléndidamente interpretado por un Kuno Becker que transluce la ira, la impotencia y, al mismo tiempo, la serenidad y la determinación de Ignacio Zaragoza. Una actuación la suya, si se permite la expresión, sorprendentemente eficaz, auxiliada por una buena dirección y por unos diálogos muy bien escritos, en los que lo patriótico no queda de más, ni de menos. Queda justo. Cualquiera de sus arengas, que fácilmente podrían convertirse en algo ridículo, terminan por encajar en la narración y, sobre todo, por ser coherentes con lo que se sabe del personaje y con lo que, muy posiblemente, reclamaba el momento. Salvo en la primera escena —en la que su mujer, al borde de la tumba, le pide que no permita que "nos arrebaten la patria"—, donde el discurso patriótico es un tanto increíble o hasta absurdo, en el resto resulta muy bien logrado, ya sea en labios del propio Zaragoza, de Negrete o de Porfirio Díaz, personaje que recibe un tratamiento inmejorable y que, por lo mismo, deja ver el tono que habrán de seguir las secuelas fílmicas que se tiene pensado realizar —el sitio de Puebla y el 2 de abril.

Si el punto de vista de que se dota al Ejército de Oriente es preciso, el que se sitúa en el bando enemigo no es menos cuidado. Desde William Miller que, a pesar de su inverosímil caracterización —como un húsar fuera de contexto—, recrea con tino al irritante conde de Lorencez, hasta Mario Zaragoza y su servil Juan N. Almonte, pasando por la breve pero sólida aparición de Daniel Martínez en su papel de Leonardo Márquez o las constantes intervenciones de los subalternos de Lorencez, el bando invasor recibe un tratamiento adecuado, sin caricaturizarlo ni convertirlo en el clásico adversario de opereta, temible pero ridículo, poderoso pero torpe. Este es un enemigo serio, confiado en sus recursos, arrogante, fatuo. Un enemigo que, al final, es víctima de sí mismo y de las oportunas decisiones de Zaragoza, no uno cuya derrota nadie sabe por qué se produce. 

Para redondear el juego de perspectivas, aparecen los soldados comunes. Esos que, habitualmente, hacen el papel de guías para el neófito y que, en este caso, se encargan de poner el toque romántico a la historia y, al mismo tiempo, los detalles profundamente humanos. No son solo los encargados de protagonizar una historia lela en medio de la tragedia. Por el contrario, los soldados —y la soldadera que termina unida a ellos—  muestran el lado descarnado de la guerra, los efectos que el conflicto tiene entre la gente de a pie, los aprietos en los que el honor, el deber y la patria —o sea, una terceta de conceptos poco entendibles en la práctica cotidiana— meten a las almas de los simples. Por si no fuera suficiente, basta con poner un poco de atención para captar el alud de datos que esos mismos soldados brindan y que permiten ampliar la comprensión del drama general que se desenvuelve alrededor de la invasión francesa. Fusiles viejos. Alimentos más que escasos. Miedo. Frío. Torturas. Vejaciones. El enloquecimiento de unos y de otros a la vuelta de la esquina. La huída como única salvación. La muerte.

He aquí, a grandes rasgos, de qué va El 5 de mayo. La batalla. Si usted no es historiador, vaya y mire la cinta con confianza —y con un Dramamine, si es de estómago sensible—. Pasará un buen rato, se informará y verá una película más que decente. Si es usted historiador, también, vaya a verla. Trate de verla sin pensar "ah: ese es Kuno Becker, un engendro de Televisa". Deje también de lado el hecho de que Emilio Azcárraga Jean aparece como uno de los primeros créditos y que su empresa se menciona como parte de las instituciones y las corporaciones que hicieron posible el rodaje. Solo véala. Júzguela en sí misma. Sepárese un poco de esos que, en fechas recientes —desde el inicio de la campaña presidencial del año pasado, para ser exactos—, han caído en el terreno de la crítica fácil al achacar todos los males del país a la televisora de San Ángel. Deje de lado —tanto como le sea posible— sus filias políticas —y también sus fobias, cómo de que no— y trate de encontrarle el fondo histórico a la película. Como historiador, analice el discurso, la trama, la idea del pasado que impregna la narración. Sáquele jugo a su profesión más allá de enredarse en análisis historiográficos estériles, en la autocomplacencia de sus propuestas en torno a la filosofía de la historia que no van a ningún lado —y que a nadie le importan; y que a nadie le sirven—, o en polémicas inútiles sobre las ventajas del materialismo sobre el historicismo, o viceversa. Vea la cinta y métase de lleno a analizar la forma en la que se divulga la historia. Los productos que se hacen hoy en día. La idea del pasado que se vende y que se compra. Más allá de Televisa o no Televisa, califique a la cinta. Y, por supuesto, despeje la mente y disfrútela.

Se llevará una grata sorpresa. Garantizado.

31 de diciembre de 2010

El final del Bicentenario.

Hoy es 31 de diciembre, lo cual indica que, en cuestión de horas, habremos dejado atrás la parafernalia del Bicentenario —y los festejos mínimos del Centenario— y nos prepararemos para encarar un nuevo año donde, por supuesto, aparecerán celebraciones de distinto tenor para conmemorar los hechos relacionados con las antedichas fiestas. Con el año a punto de fenecer, vale recapitular un poco sobre lo acaecido con respecto a la fiesta de los cien y los doscientos, lo hecho y lo no hecho, así como extraer algunas conclusiones de todo ello. Por tanto, y con el permiso del respetable, me permitiré realizar un listado de lo que, a mi juicio, ha constituido la parte más relevante de la marabunta de actos públicos, programas de televisión, publicaciones y elementos de similar talante con los que los gobiernos federal y estatales pretendieron, en sus propias palabras, celebrar el orgullo de ser mexicanos, lo que sea que tal disparate signifique.

1. Si algo quedó de manifiesto durante el cúmulo de conmemoraciones oficiales realizadas a lo largo y ancho del país es, sin duda, el hecho de que la política —la política vulgar, se entiende, la grilla sin sentido—, como atinadamente señalaba Quino en una tirilla de Mafalda, lo descompone todo. En este caso, la organización y el desarrollo de los festejos, las marchas, los desfiles, las exposiciones y lo demás que se desee no estuvieron a cargo, como cabría esperar, de sujetos plenamente capacitados para dar a entender de qué iba la cosa con los actos públicos, con la rememoración misma del Bicentenacio y del Centenario o con la simple difusión del conocimiento histórico, de manera que éste fuera mayormente aprehensible por parte de la población. Por el contrario, las autoridades de todos los niveles de gobierno —sí, incluso las autoridades municipales— tendieron a encargar el montaje de lo que sería observado a los infaltables amigos, compadres, conocidos, compadres, apoyadores o vividores, fueran o no historiadores —historiadores de verdad, por favor, no farsantes como Villalpando ni simuladores como Enrique Márquez—. Así, las conmemoraciones se movieron entre el despropósito iletrado —con el Coloso como mejor ejemplo—, la exaltación patriotera —muy visible en los estados de la república, especialmente en aquéllos en los que el término México dice muy poco si se le compara con la importancia que posee el terruño—, la presentación de proyectos ubicados más allá del absurdo —como el programa "La salud y el deporte en el Bicentenario", del GDF— , o la proliferación de anuncios comerciales carentes de todo sentido. De ello bien podría desprenderse la típica pregunta incómoda: la gente, ¿de qué forma entendió al Bicentenario o al Centenario? ¿Es posible que haya "prendido" la idea de que México nació hace doscientos años justos? ¿Acaso se comparó la gente con la tostadora descompuesta de su abuelita, con el vendedor de paletas llenas de amibas, o incluso con una calle, una plaza o una fuente? ¿Es eso a lo que se redujeron el Bicentenario y el Centenario? ¿Y dónde quedó la historia?

2. A propósito de la última pregunta formulada, todo parece indicar que la historia —con mayúscula y con minúscula— se quedó en el ámbito académico... y de ahí no salió. Hasta donde me es posible saber, los libros editados por los historiadores profesionales se quedaron ahí, en el propio medio, porque sigue faltando esa voluntad comunicativa que haría de la historia algo accesible para la gente y, en consecuencia, algo agradable, algo que pudiera convertirse en conocimiento necesario, no sólo en una suerte de amasijo de datitos accesorios para apantallar al vecino, al teleauditorio o al radioescucha. En este 2010 fue evidente cómo el medio dedicado a la historia —en el que conviven historiadores profesionales y manoseadores del tema— parece residir en una dimensión distinta de aquélla en que habita el resto de la población. De otro modo, no se explica uno cómo es que el público que asiste a los congresos se conforma mayoritariamente por los propios integrantes del medio que, todos a una, se dedican a explicar lo hiperespecífico de lo detallado de lo minucioso, lo cual se convierte en el no va más de lo intrascendente, lo que a nadie llama la atención, lo que se queda entre el selecto grupo de los iniciados a los que se adhiere uno que otro cultillo. Pero, en general, el conjunto de la población no quiere, no tiene con qué, o simplemente no siente el mínimo interés por acercarse a lo que produce el gremio. Así, de los coloquios celebrados este año, los libros especializados dados a la luz y los artículos aparecidos en las revistas hechas por la academia, poco o nada quedará en la memoria.

3. Los productos de divulgación son también un tema que merece tratarse en este espacio. En el año que concluye observamos bodrios sublimes —como el par de telenovelas dedicadas a Zapata y a las luchas independentistas—, esfuerzos loables pero mal encaminados —como la serie Discutamos México, que terminó por ser cualquier cosa menos una discusión o una propuesta que resultara atractiva para el público en general—, novelas de distinto cariz —buenas, regulares y malas, desde el Morelos de Palou hasta el Matamoros de Silvia Molina, pasando por las tonterías habituales de Francisco Martín Moreno—, libritos de pseudo ficción histórica pretenciosos y un tanto indigestos —la serie Charlas de café—, tiras cómicas de muy extraña manufactura —como la editada por El Colegio de México a propósito de la revolución, donde se combinan un texto soso y poco creíble con dibujos que parecerían presagiar la aparición, en cualquier momento, de Batman o Supermán—, películas generalmente malas —la peor, Héroes verdaderos; mediana y dispareja, El atentado; ridícula, Hidalgo—, todo ello acompañado por un par de revistas bien logradas —Bicentenario y 20/10— de las que sólo se podría criticar, a la primera, su escasa distribución; a la segunda, su elevado costo; a ambas, el modo en que llegaron a trivializar algunos hechos o el desenvolvimiento de ciertos personajes —aunque nunca en el modo en que lo hace Relatos e historias, publicación francamente olvidable que combina lo ya indicado, la trivialización, con un afán de presentar lo verdadero de la verdad más veraz—. En suma, tampoco el rubro de la divulgación se salvaría —con las notables excepciones mencionadas— de la quema, al hallarse sumergida en el despropósito constante, la tergiversación y el carácter patriotero que todo lo invadieron y que crearon un ambiente de desinformación histórica digno de verdadero horror.

4. Finalmente, quedaría por pensar cuál fue la idea de la historia que privó en lo señalado. Ante todo, es evidente que los cerebros —podría ser generalmente un eufemismo, salvo en los ejemplos rescatables— a cargo de los desvaríos comentados tenían claro que el pasado, como tal, se deposita en el presente, lo construye y lo encamina por una senda determinada sin rupturas, discordancias ni desviaciones. Lo paradójico del caso reside en que ese mismo pasado, en el que se ancla la frase "doscientos años de ser orgullosamente mexicanos" —y todas las  que, de semejante catadura, idearon los publicistas ignorantes pero con ínfulas de personas creativas—, se tendió a dejar ahí, en el pasado inmaculado en que, sin asomo de disputa, coexisten Hidalgo y Allende, Villa y Carranza, próceres forjadores de lo que es hoy el país. En esta concepción dual del pasado —uno que transita hacia el presente y otro que permanece estático y broncíneo en su sitio— se movieron los festejos, aderezados por las opiniones del "pensamiento crítico" —tan crítico como descontextualizador y anacronizante, perdonando las palabrejas— que señalaban la imposibilidad de festejar algo dada la situación en que se desarrolla la vida nacional actualmente. Entre tal desbarajuste, ¿se comprendió la historia? No, desde luego. ¿Qué fue lo que, de ella, se transmitió al público en general? Apenas un puñado de nombres, fechas, sitios y sucesos, exaltados según las personales filias y fobias de los organizadores de las celebraciones e impuestos sin distingo a calles, plazas, avenidas, monumentos y edificios diversos, recordados medianamente en desfiles —simpáticos y absurdos, de todo hubo— y en discursos carentes de lógica e incluso de congruencia. Sin embargo, los procesos históricos como tales quedaron confinados a su ámbito habitual de análisis y explicación: la academia. En tanto, la gente, en general, sólo se enteró de lo mínimo, aderezado por las ridiculeces presentadas en el cine, la televisión y los periódicos —o los libros, aun sabiendo que la mayoría de la población no se acerca a un libro como no sea para nivelar la pata coja de la mesa— sin reflexionar acerca de qué implicaba el mentado Bicentenario, de qué se trataba y de qué manera, o maneras, podría examinarse.

El año que habrá de comenzar en poco más de seis horas, 2011, será por completo distinto al que termina. Cierto es que, como ya comentaba, las microconmemoraciones proseguirán —el bicentenario de la derrota de Hidalgo, el centenario de la  entrada de Madero a la Ciudad de México, por mencionar el par de ejemplos más notables—, pero todo quedará en un nivel de difusión mucho menor, máxime al arrancar las campañas en pos de la Presidencia de la República y subir el tono de las descalificaciones entre los suspirantes a algún cargo de elección popular. No obstante, y como conclusión, me queda una duda enorme por resolver: en el programa con que cerró, en materia histórica, la serie Discutamos México —conducido por Gloria Villegas, a quien acompañaron Ilán Semo, Evelia Trejo y un impresentable que responde al nombre de Alejandro Rosas—, se hablaba de la existencia de un auge en el estudio de la historia, a lo que contribuía la diversidad de obras dedicadas a la divulgación de la disciplina. ¿De verdad? ¿Existe un auge en el estudio del pasado? Posiblemente, pero ¿de qué calidad es tal estudio? ¿No, por ventura, se halla preso entre la incomprensibilidad, el detalle, la repetición o el abordaje de temas nada interesantes que se verifica en el medio académico, y la banalización, el retrato de la verdad-verdadera o el desvelamiento de todo lo que uno siempre quiso saber y nuca se atrevió a preguntar sobre tal o cual cosa, del modo en que hacen los divulgadores malos? Me parece que sí. De hecho, tal es el problema de mayor importancia a que, en mi opinión, se enfrenta la historia en la actualidad: el enclaustramiento del gremio historiográfico tras los muros de la disciplina —con lo que el lego queda excluido— y la consiguiente ausencia mayoritaria de canales, técnicas, procedimientos y herramientas de divulgación serias y efectivas, lo que a su vez posibilita el asalto al pasado que tiene lugar de la mano de los aficionados a enredarlo todo y a presentar chismes, compendios interminables de datos o soserías de variada envergadura —desde Rius y El Fisgón hasta Taibo II y Villalpando—. A partir de ello es posible inquirir sobre lo fundamental: la diversidad de materiales de divulgación a que se ha aludido, ¿nos ayuda a comprender a la historia? ¿O sólo propende a su deformación? ¿Qué historia es la que se divulga? ¿Cómo, por qué, por quiénes y para quiénes se divulga? ¿Puede el gremio hacer en relación con ello algo que sea eficaz, y no sólo conformarse, como aconteció en el programa de televisión citado, con creer que lo que hay es bueno, eficiente y suficiente? Tales preguntas me parecen en extremo pertinentes para comenzar el 2011; de la eventual solución que el medio decida aplicar dependerá, en mucho, el futuro de la disciplina y de quienes nos ganamos la vida con su estudio, enseñanza y difusión.

Feliz 2011 a quienes leen este espacio. Nos veremos de nueva cuenta cuando la historia mal contada asome su fea cara en el horizonte lo que, por desgracia, es harto común.

2 de octubre de 2010

Historias de combate

El pasado lunes 27 de septiembre, La Jornada publicó una entrevista a Pedro Salmerón, colega y compañero de trabajo en la Facultad de Filosofía y Letras, en la que el especialista expuso una serie de planteamientos básicos sobre la historia en general, la historia que promueve el gobierno y las conmemoraciones del Centenario de la Revolución mexicana, mismas que mueven a la escritura de esta entrada dado que, para no variar, me parece que involucran un amasijo de opiniones y de conceptos en ocasiones muy atinados, y en otras por completo desemcaminados.

Para ir por partes, habrá que pensar primero en por qué el gobierno federal ha decidido montar un aparato enorme para celebrar el Bicentenario, mientras que el Centenario ha quedado como una celebración menor, acaso como una conmemoración que debe tener lugar pero que, si pasa un tanto desapercibida, mejor para todos. En su exposición, Pedro asume que ello se debe a un hecho simple: "a todos los panistas no les gusta ni entienden la Revolución". Tal generalización merece una reflexión de cierta profundidad: ¿es verdad que a ninguno le gusta ni la entiende? ¿Cómo saberlo? ¿Los ha encuestado? ¿Qué implica que a alguien le guste la Revolución? ¿Que la haya asumido como objeto de estudio, o que la estudie justamente como al propio Salmerón le gustaría que la estudiaran? Ése es un problema grave: la academia, muy en su papel, se ha arrogado la posibilidad de definir qué se estudia y cómo se estudia, y el que no lo hace así es un memo, un ignorante o un reaccionario. En este caso, los panistas, como no están identificados con las luchas populares, poco pueden encontrar de bueno en la celebración del Centenario, cuyo origen o desarrollo no entienden y cuyos protagonistas no les gustan. Parece simple, ¿no es así? Un punto para el doctor Salmerón.

Sin embargo, el entrevistado comienza a contradecirse a los pocos renglones de lo anteriormente señalado. Por principio de cuentas, si los panistas no entienden la Revolución —con mayúsculas siempre, por favor—, ¿cómo es que entonces, en el propio decir de Pedro Salmerón, han tratado de identificarse con la figura de Madero, y de asumir a éste como el padre de las luchas que ellos mismos iniciarían un cuarto de siglo después? Por fin, ¿gusta o no gusta? ¿Se entiende o no se entiende? ¿Se considera algo válido o no? Además, si Madero fuera el referente obligado de los panistas —que puede serlo, pero también puede no serlo—, lo natural sería que el Centenario se convirtiera en una enorme celebración donde, también sería justo decirlo, las figuras de Zapata y Villa ocuparían un lugar muy secundario, en tanto que sujetos como Carranza y Obregón quedarían por completo de lado y el protagonismo sería copado por el Apóstol de la Democracia. Sin embargo, la celebración del gobierno no piensa en unos ni en otros: el Centenario será una conmemoración gris, pobre y relegada, acompañada del absurdo mayúsculo que representa recordar al acontecimiento —como sucede cada año— con un desfile deportivo. Sobre esto abundaré al final de este escrito.

Viene a continuación el problema de la divulgación histórica. El gran acierto de Pedro consiste en señalar al encargado de los festejos —el siempre impresentable Villalpando— como un sujeto que no es historiador —a pesar de que éste suele ostentarse como tal, siendo abogado de profesión, y de que a la menor provocación menciona a sus maestros de un posgrado en historia que no se refleja en ninguna parte, dado que la página del INEHRM lo presenta como lic.— sino que, a lo sumo, es un divulgador y, para colmo, malo. A partir de ello, resulta comprensible el por qué del rumbo desacertado que han seguido los festejos de este 2010: con un zoquete pretencioso a la cabeza, cualquier cosa puede pasar. Si al tipo, además, se le endilga la enorme losa de ser un reaccionario, un declarado partidario de los personajes incómodos de la historia nacional —Calleja, Iturbide, Díaz— y un favorecedor descarado de las historias maniqueas, sesgadas o simplemente incompletas, tenemos a la vista una justificación suficiente para la diatriba lanzada por Salmerón: los panistas no entienden la Revolución, no les gusta, ni tampoco tienen cómo entenderla porque el historiador oficial del régimen —junto con su también impresentable amigo Alejandro Rosas— no es tal sino un advenedizo, un oportunista y, dicho en breve, un farsante que gusta de apantallar incautos mediante la recitación de profusas cantidades de datos que no sabe manejar ni interpretar, pero que repite como parte de actos maravillosos de la memoria.

Hasta aquí, perfecto lo dicho por Pedro Salmerón. No obstante, aparece otro problema en el camino: cierto es que Villalpando y compañía son unos farsantes incompetentes —tanto así que el secretario de Educación, en un alarde de poder, humilló públicamente al primero al retirarle la conducción de los festejos, para eterna amargura del abogado— que de historia no entienden gran cosa, como no sea lo referido a saberse una enorme cantidad de datos que, por sí mismos, no bastan para tramar un buen relato histórico; empero, en su discurso, Pedro habla de una cantidad importante de sujetos que, sin ser netamente panistas —Javier Garciadiego, Héctor Aguilar Camín—, sí ocupan posiciones cercanas al régimen —lo que conduciría a pensarlos como criptopanistas o, al menos, como filopanistas— y que han realizado trabajos más que decorosos sobre la propia Revolución. ¿Cómo es, en este caso, que ningún panista —real, cripto o filo— entiende la Revolución? He ahí el problema de las generalizaciones o, como he mencionado, de asumir que las cosas no las entiende el que las entiende en un modo distinto a aquél que es propio del enunciante. Si sus posturas son conservadoras, o no ensalzan la lucha popular —como sucede, también, con Macario Schettino y su libro Cien años de confusión, al que le han llovido los palos a pesar de que su interpretación es por demás interesante—, ¿eso basta para descalificarlos en tanto autores competentes? Supongo que no pero, como podrá verse más adelante, todo ello encaja en el modelo que Pedro propugna como único válido para la realización de la historia.

Para cerrar esta sección de comentarios, vale preguntar por qué, si Villalpando le merece a Salmerón —con mucha justicia, hay que decirlo— el calificativo de divulgador malo, no sucede lo mismo con gente de similar talante aunque distinto sesgo ideológico, gente como Taibo II, Rius o el Fisgón, que para escribir bodrios pseudo históricos se pintan solos. ¿Sólo por el sesgo ideológico de sus pésimos trabajos, y que podría concordar con el que sostiene Pedro? ¿Y por qué incluye a Horacio Crespo —de quien ya se ha hablado en este mismo blog— en la categoría de los escritores trascendentes, cuando el tipo ha escrito sólo un puñado de obras, a cual más inexactas y cuestionables?

Ahora bien, ¿qué historia debe hacerse a propósito de la conmemoración del Centenario? ¿De qué manera deben proceder los historiadores en el rescate del pasado y en su posterior divulgación? La receta, desde el enfoque de Pedro Salmerón, es simple: hay que hacer "historia social [...], política, combativa". Bien, ¿qué se supone que es esa historia social, política y combativa? A mi modo de ver, una historia panfletaria, una historia donde el carácter de los héroes populares quede de mianifiesto, donde se les exalte hasta los límites de lo concebible —probablemente más allá— y se les haga decir... justamente lo que no dijeron. Las muestras mencionadas por Salmerón a este respecto son claras: el ejemplo a seguir son Arnaldo Córdova, Adolfo Gilly, Jack Womack —le faltó enunciar la colección México, un pueblo en la historia, dirigida por Enrique Semo—, historiadores comprometidos con las causas populares pero que, llevados por su entusiasmo, no dudaron en presentar textos donde se soslaya una buena parte de las explicaciones para presentar a la lucha popular como la verdadera revolución, en contra de esa otra no revolución encarnada en los burgueses que, a final de cuentas, vencieron en la contienda. Autores que, sin quererlo —o tal vez queriéndolo—, apuntalaron la historia de bronce y la historia maniquea de malos malos y buenos buenos, de pobres oprimidos, víctimas inocentes, revolucionarios justicieros y modernos caciques, pequeños propietarios avorazados, traidores a la causa, sujetos hambrientos de poder. ¿Ésa es la historia que debe hacerse? La historia de combate, ¿no implica un sesgo muy marcado? Si se entiende que la historiografía es una tarea que se efectúa desde la subjetividad del que trama un relato, ¿entrar en posiciones de combate no implica considerar que lo que se juega no son los hechos sino las opiniones fundamentadas y el manejo adecuado de fuentes para presentar justamente esas posturas sociales? Y, si ello es verdad, ¿cómo es que Pedro determina que las historias posmodernistas son deficientes porque apelan a la sola interpretación? ¿Acaso no toda la historia es representación, etendimiento particular, planteamiento personal de un discurso a través de lo que se logra ubicar en otros discursos?

El modo en que se escribe ahora la historia —que no es el modo, como se ha hecho ver en otra entrada de este mismo blog, sino los modos, los muchos modos en que se entiende la práctica de la disciplina— suscita una reacción airada por parte del entrevistado: es una historia historicista, relativista, posmodernista. Lo primero que cabría decir es que, se quiera o no, la historia es así; de otro modo, en algún momento alguien podría decir que ha arribado a la verdad y, por ende, todo estudio posterior sobre el mismo asunto sería inútil. No obstante, en su misma argumentación, Pedro cae en una terrible contradicción: si la historia no es objeto de interpretación —debió decir representación, pero se deja esto como mero detalle—, ¿cómo pide entonces que se haga algo distinto, cómo asume que es posible hacerlo? Todo son versiones, interpretaciones, argumentaciones hechas a la manera del que las concibe y las fabrica. Esto determina que él encuentre buenas las historias de Gilly y Womack, por ejemplo, y no tan buenas las de Garciadiego y Aguilar Camín. Buenas o no tan buenas, no dejan de ser versiones, apropiaciones, estudios concretos del hecho, válidos en tanto apelan a un método que surge desde la búsqueda, el tramado, el análisis, la inferencia y la escritura. El posmodernismo, desde mi punto de vista particular, no ha hecho otra cosa que hacer evidente el carácter relativo de la historia, mismo que le es connatural pero que, por las razones que se guste y mande, habían quedado soslayadas o que se pretendía no ver.

Restan dos puntos para concluir con este escrito: el primero, el carácter trascendental de la historia. En un segmento de la entrevista, Pedro indica con soltura que hace falta hacer historias de gran alcance social, historias que expliquen el devenir, como hicieron Córdova y Gilly. Ahora, prosigue, la historia —relativista— se la cuentan unos académicos a otros, mientras que la población queda excluida del proceso. Concuerdo totalmente con la última parte del argumento: poco a poco, la historia académica se ha retraído al campo propio de la academia, y esto posibilida la irrupción de los divulgadores malos —Villalpando, Taibo II, Rosas, Rius, Crespo, el Fisgón—, a quienes no les importa tanto contar una historia profunda, de vanguardia, de combate, sino una historia que la gente entienda. No obstante, este fenómeno no es nuevo; de hecho, las historias de gran alcance social que enuncia —Gilly, Córdoba, Womack— tampoco son tales: son también explicaciones hechas desde la academia para la academia, a las que el público culto se acerca si quiere, puede y tiene en la cabeza con qué. Es decir, el fenómeno es el mismo: el hecho de que La ideología de la Revolución Mexicana se haya escrito desde el materialismo histórico no le da una mayor posibilidad de aceptación por parte del gran público —al que, seguramente, le espanta la posibilidad de leer algo que tenga que ver con la ideología—, ni tampoco la convierte en la explicación del devenir, sino en una explicación del devenir, limitada a sus propios alcances argumentativos y a las posibilidades de lectura que adquiera entre los destinatarios. Como tal fenómeno es inherente a toda obra histórica —a toda, sin excepción—, la pregunta es ¿por qué necesariamente debería favorecerse la producción de historias sociales, políticas, combativas, por sobre las historias culturales, económicas o del arte, por citar sólo unos cuantos ejemplos? ¿Las primeras explican más que las segundas? ¿Incluyen una mayor cantidad de verdad? Por supuesto que no o, al menos, no desde el que las produce; en todo caso, sus capacidades explicativas y de posesión de una verdad —entre un cúmulo de otras verdades— dependerá de quien tiene la última palabra en todo ello: el lector.

El segundo punto, con el que cierro esta breve reflexión, tiene que ver con aquél que le dio origen: el festejo del Centenario. Pedro Salmerón, lo sabemos todos, es un especialista notable en lo relacionado con la Revolución Mexicana. Si él pide que se dé un mayor énfasis a los festejos del Centenario, sus motivos le asisten. Sin embargo, al cargar a los panistas de mal gusto y escaso entendimiento la responsabilidad de relegar a un plano muy secundario al Centenario, deja de lado el elemento que hace del festejo un hecho incómodo, elemento que, casi podría apostarlo, el propio Pedro no ignora, y que se resume en el carácter patrimonial que, con respecto a la lucha revolucionaria —primer desatino, porque son muchas luchas, y no todas son estrictamente revolucionarias—, establecieron el PNR, el PRM y PRI durante las siete décadas en que el poder nacional fue ostentado por los hijos de la Revolución —a través de un mismo partido con distintos membretes—. ¿No es eso señal suficiente para quitar del camino a la celebración, máxime a dos años de una elección presidencial que se antoja reñida, y con el copete de Peña Nieto asomando ominosamente en el horizonte? Yo creo que sí: poner al Centenario en el mismo nivel que el Bicentenario —lo que no es posible dado que, como acontecimientos, su importancia es por demás distinta— implica darle juego, justo ahora, al PRI. Cierto es que el festejo podría centrarse en la figura de Madero, con lo que las luchas posteriores quedarían como procesos distintos y se eliminaría la labor de construcción del Estado llevada a cabo, entre otros, por Obregón y Calles; sin embargo, ello despertaría sospechas, recelos y críticas fundadas por parte de quienes han contribuido a la creación de una continuidad ficticia entre 1910 y 1917, 1920, 1928 ó 1940 —dependiendo de lo que asuman como "lucha revolucionaria"—. Además, si se piensa que el encargado de los festejos nada sabe en torno a lo que podría festejarse—más allá de si podrían echarle una mano Garciadiego o Aguilar Camín—, el resultado es obvio: no Centenario o, cuando menos, no un Centenario apoteósico. Y, menos aún, un Centenario que, confinado al marco de un desfile deportivo —símbolo de la modernidad alcanzada por un Estado construido a partir de las luchas de principios del siglo XX—, quedaría por completo ridículo.

13 de septiembre de 2010

La crítica, la opinión, el disparate.

En su edición de este domingo 12 de septiembre de 2010, el diario La Jornada publica una entrevista con Carlos A. Aguirre Rojas, quien ha cobrado cierta fama por sacar al mercado una cantidad inusitada de libros a través de su editorial Contrahistorias. En la entrevista, Aguirre Rojas —como es su costumbre— critica la forma en que, según él, se enseña historia en la Universidad Nacional. En sus propias palabras, en la Facultad de Filosofía y Letras se enseña "una historia positivista, puramente descriptiva, basada sobre todo en fuentes escritas, en documentos, lo cual supuestamente da veracidad a los discursos históricos". Frente a esta forma inadecuada de hacer la historia, Aguirre propone su ya clásico recetario contrahistórico —que, como todo lo que se denomina contra, mezcla verdades muy sobadas, incongruencias, cuentos y grandes tomaduras de pelo—, que básicamente se reduce a tres puntos. Cito a la letra:

1. Tomar en cuenta la profunda y vigente diversidad de "esa entelequia ficticia" —comillas en el original— que se pretende llamar México, que presuntamente se mueve bajo un solo compás en términos sociales, políticos y culturales.

2. Tomar en cuenta la relevancia de los procesos económicos, sociales que efectivamente explican este proceso fundamental y la ruptura que se da entre los grupos dominantes.

3. Tomar en cuenta cómo efectivamente el pasado se vincula con el presente y con el futuro, cómo releemos constantemente el pasado desde diferentes presentes y ver cómo los distintos presentes se redefinen desde los diferentes pasados que recupera[n].

Hasta aquí la cita. Ahora —y pueden asegurarlo, me estoy relamiendo ante la posibilidad que se me ha presentado—, el palo historiográfico.

Lo primero que me viene a la cabeza cada que escucho el nombre de Carlos A. Aguirre Rojas no es otra cosa sino su profunda incongruencia elemental: el tipo no es historiador pero vive hablando de la historia y, además, ocupa grandes porciones de su tiempo a hablar mal de la historia que se hace en la UNAM, e incluso de la universidad en sí, al grado de catalogarla —como dijo hace unos años en un congreso estudiantil— como "la peor universidad del mundo". Bien está. Cualquiera puede tener una opinión, ¿no es así? Sin embargo, si la UNAM le parece "la peor del mundo", ¿por qué sigue trabajando en ella? ¿Por qué cobra un sueldo en el Instituto de Investigaciones Sociales —no en Históricas, vale decirlo— y no se va a lo que él llama "los espacios liberados donde se hace buena historia" como son, en su opinión —muy discutible—, la UAM y la ENAH? Como también lo he encontrado adscrito a la Dirección de Estudios Históricos del INAH, puede ser que haya logrado su objetivo, e incluso es posible —no me consta, lo apunto así nada más— que cobre dos plazas de tiempo completo al mismo tiempo. Quede esto sólo como punto de arranque para pintar, de una pincelada, al sujeto en cuestión. Ahora, vayamos al terreno de la historia.

Carlos Aguirre, como muchos otros que hablan desde la petulancia o, peor aún, desde la superficialidad —rayana con la ignorancia—, cree que existe algo que podría llamarse historia positivista. El positivismo, según lo enunció Comte, busca integrar al campo de las ciencias sociales los postulados de las ciencias exactas; por ende, toda disciplina social que aspire a ser considerada como ciencia debe partir del mismo método que emplean éstas: formula hipótesis, experimenta y, lo más importante, enuncia leyes de cumplimiento universal. Ante esto, yo siempre me pregunto si existe alguna historia ingenua que pretenda formular leyes, y la respuesta invariable es "no, no la hay". Salvo en el manual de Langlois y Seignobos, tal historia positivista no existe. Y menos aún existe si, como hace Aguirre, se le adjudica a Leopold von Ranke —que puede ser catalogado como cientificista, empirista o idealista, pero jamás como positivista— la paternidad de la misma, al traer a cuento —mal, como siempre— la cita que es referencia obligada cada que se habla del padre de la historia moderna: "la historia debe decir lo que sucedió". Hay una palabra en medio de la cita que deviene el meollo de todo el problema: al parecer, Ranke dijo "lo que realmente sucedió"; sin embargo, como bien me señalaban hace unos días, todo parece derivar de una mala traducción, y lo que dijo el constructor de la historia oficial germana fue "lo que esencialmente ocurrió".

Para fines de análisis discursivo, el cambio en el término resulta crucial. Sin embargo, como pudiera acusárseme de caer en aquello que tanto critico —esto es, de montar apologías al decir que alguien dijo lo que en realidad no dijo—, dejaré la expresión como comúnmente se emplea y como Aguirre Rojas la integra a su alegato. La pregunta que surge de inmediato, y que formuló Arthur Danto hace casi sesenta años, es "¿y no los historiadores debemos, así sea a nivel de intento, preocuparnos por buscar lo que realmente aconteció?" ¿Cómo podríamos proceder de otro modo? Si nos dedicáramos a buscar lo que no pasó, la disciplina carecería de sentido. Es más, si no contáramos en nuestras obras lo que creemos que pasó, entonces haríamos literatura. Una cosa es creer que existe una verdad por ahí, en algún lado, presta a ser encontrada por el afanoso investigador —lo que resulta una quimera—, y otra muy distinta que asumamos la posibilidad de plantear aproximaciones a esa verdad. Aproximaciones que, cierto es, tendrán una validez epistemológica limitada, en tanto alguien más no encuentre los elementos necesarios para plantear su propia versión de los hechos, pero que podrá ser considerada como válida dado que el canon de lectura asumido por quien se acerca a un libro de historia se basa en conceder al texto la posesión de una cierta verdad. De otra manera, en lugar de leer historiografía se leería literatura, en vez de remitirme a José C. Valadés para conocer lo que aconteció en la Revolución Mexicana, me inclinaría por Ignacio Solares.

Entonces, a manera de resumen, buscar una cierta realidad histórica no lo convierte a uno en un execrable positivista. Tampoco lo es el hecho de describir lo que sucedió en un momento dado, debido a que tal explicación integra elementos profundos de teoría y crítica historiográfica que, por lo visto, Aguirre desconoce. Así, en la escritura de un texto historiográfico tienen lugar una serie de operaciones complejas, por las cuales el pasado como hecho termina siendo asumido en tanto pasado como escritura, sin importar que el que escribe se limite a describir porque, para ello, ha debido sistematizar los discursos contenidos en sus fuentes, estratificarlas, validarlas y organizarlas en un relato lineal que, ni por asomo, es el pasado como hecho. ¿Es eso positivista? Por supuesto que no. A lo sumo, si el sujeto se limita a "dejar que el documento hable", podría considerarse historia empirista, historia de datos, historia documentalista o historia papelera, pero jamás positivista.

Como a Aguirre no le gusta la historia que se imparte en la UNAM —de lo que me ocuparé un poco más adelante, pero que de momento le sirve para reducir todo lo que hacemos a historia positivista—, propone su recetario. ¿Qué de nuevo tiene el dichoso recetario? A ciencia cierta, nada. Su primer punto —considerar la multiplicidad de Méxicos que existen en un momento dado— es una premisa básica de la historia regional, e incluso de la microhistoria —que, aunque no me parece adecuada, tiene este punto a su favor— propuesta por Luis González. Asimismo, los planteamientos historiográficos posmodernos anulan esa realidad de la que habla Aguirre y consideran la existencia de un sinnúmero de realidades simultáneas. Como lo mencionado es algo que se sabe y se practica en mi casa de trabajo, ignoro qué es lo que mueve al enunciante a decir que su método es el no va más de lo novedoso, y que se opone de medio a medio a lo que se enseña en el antro positivista.

El segundo punto es, sin lugar a dudas, totalmente contradictorio con lo que, en principio, parece exponer el beligerante Aguirre: ¿cómo hacer para considerar los procesos sociales y económicos —o sea, en la más rancia tradición empirista— que efectivamente explican ese proceso fundamental? ¿Qué entiende por lo que efectivamente explica un proceso fundamental? Si todo apuntaba, en su primer elemento clave, al equivocismo, ahora resulta que no, que hay que buscar un proceso y explicarlo con lo que resulta efectivo. Es decir, hay que aplicar la violencia interpretativa porque, como no escapa a la vista, ese proceso uno del que habla Aguirre Rojas dependerá siempre del enunciante, de quien considere como uno al proceso uno, y que puede no ser el mismo que ha pensado el sesudo entrevistado. Además, las explicaciones efectivas son, hasta cierto punto, tan relativas como se desee verlas, dado que lo que para mí será efectivo para él podría no serlo, y viceversa. Lo peor son las connotaciones de su premisa: ¿por qué demonios debo sólo considerar los procesos políticos y económicos? ¿Sólo porque la visión original sostenida por la revista Annales —de la que Aguirre es fanático a más no poder— se decantaba por ellos? ¿Y qué pasa con los fenómenos culturales, de los que la política y la economía no son sino una manifestación? ¿Y las múltiples subdivisiones de la cultura? ¿No son dignas de brindar explicaciones efectivas para elucidar el proceso fundamental a que se refiere Aguirre Rojas? A propósito, ¿cuál es ese proceso fundamental de que habla, y que mienta en singular? Como no lo dice, se ignora completamente y, además, se convierte en chunga porque, hasta donde mis pobres capacidades me permiten ver, es un tanto difícil —siendo benévolo— encontrar un proceso que sea fundamental. Acaso habrá cien o mil que lo sean, y dependerán de para quién son fundamentales. Pero un proceso singular, revestido de esa aura fundamental, suena a absurdo mayúsculo.

Si el segundo punto es problemático, el tercero es un despropósito. Cierto que el historiador debe enlazar al pasado con el presente... pero no con el futuro. La historia se construye —pésele a quien le pese; al propio Aguirre, por ejemplo— con datos, mismos que son interpretados y empaquetados en explicaciones de distinto talante. Pero, como bien dice Danto, si al poseer los datos somos, en ocasiones, incapaces de vislumbrar el modo en que se construyó el pasado, ¿qué podremos hacer con respecto al futuro? Nada, absolutamente nada, salvo enunciar situaciones viables que pueden o no cumplirse. Es decir, de practicar una disciplina seria, el historiador que se mete a futurista se convierte en peor émulo de Walter Mercado o, al menos, en opinante incomprometido. El futuro es propiedad de los especialistas en prospectiva o de quienes manejan complicadas teorías de escenarios, no de los historiadores. En esa búsqueda del futuro es donde Carlos Aguirre pierde el piso, olvida la historia y retoma lo que efectivamente estudió: sociología, que sí construye leyes y que sí puede afanarse —cada vez menos— en la dilucidación de la cara que tendrá el futuro. Además, el opinante pasa por alto un hecho trascendental en la construcción historiográfica: el pasado no construye al presente así como así, en tanto línea continua que se deposita en el día de hoy, sino que involucra una amplia gama de rupturas significativas, mismas que deben ser consideradas para no decir disparates. Que se adhiera a la teoría del pasado continuo uno de sus vilipendiados empiristas, pasa; que lo asuma como tal alguien como él que, a un mismo tiempo, pretende ser heredero de Bloch y Marx, es cuestionable, pero podría pasar. Que lo diga alguien —también él— que se ostenta como gran conocedor de Foucault, es ridículo.

¿Cuál es el problema determinante en Carlos A. Aguirre Rojas? Primero, el modo en que tuerce a la realidad y la acomoda a sus decires. La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional no es una madriguera de positivistas, como él quiere verla.  En su planta docente coexistimos todo tipo de estudiosos de la historia, desde los marxistas hasta los posmodernos, pasando por empiristas e historicistas ortodoxos. Cualquiera de los mencionados —con sus naturales excepciones— no privilegia al documento por sobre las demás fuentes sólo por el hecho de que "dota de verdad" a la explicación —eso lo he visto peor en uno de los supuestos territorios liberados que él menciona, la UAM—, ni sólo hace historias descriptivas. Cierto es que hay colegas cuya única opción la constituyen los documentos escritos, por ejemplo, los estudiosos de la Nueva España; sin embargo, tal proceder es lógico, a menos que se pretenda que ellos echen mano de fuentes orales con la sabia ayuda de un médium. El resto, sobre todo los que nos dedicamos a temas contemporáneos —y que no somos tan pocos como Aguirre quiere creer—, construimos —ojo al término— fuentes de acuerdo con lo que los problemas necesitan: fuentes orales, fuentes visuales, fuentes escritas, ¿por qué no?, y no las empleamos simplemente con ánimo descriptivo, sino para encontrar explicaciones de cierta profundidad. Entonces, ¿adónde apunta su diatriba? Honestamente, no lo sé. Lo que sí sé es que el tipo la suelta cada vez que tiene la oportunidad de hacerlo, aunque sabe bien dónde no hacerlo. Por ejemplo, hace unos cuantos años coincidimos en una mesa de discusión celebrada en la misma facultad y organizada por alumnos de la carrera de Historia. ¿Salió Aguirre con sus infundios, sus calumnias y sus falsedades? Por supuesto que no: ese día dijo un sinfín de cosas que nada tenían que ver con el objetivo que nos había convocado pero no emitió su filípica de costumbre contra la universidad, porque tal cantaleta la reserva para aquellos espacios en los que no hay nadie de la UNAM presente, de preferencia nadie de la propia facultad o del Instituto de Investigaciones Históricas.

Cerraré este primer punto con una anotación: como en todas partes —aun en la UAM, en la Ibero, en la ENAH o en el Colmex—, en la UNAM hay de todo: historiadores comprometidos con enseñar algo útil y vagos que sólo cobran por hacerse patos; estudiosos profundos de temas nuevos y repetidores de lo que alguien más dice; amantes de los datos y amantes de las interpretaciones exageradas; historiadores chafas, historiadores mediocres, historiadores alucinados e historiadores brillantes. De todo hay en todas partes. Por tanto, juzgar a una institución —en la que el sujeto no da clases, vale aclararlo— de acuerdo con un canon retorcido es un embuste y una afrenta. Repetirlo sin cesar con la intención de que se forme en el mundo exterior a la propia facultad una imagen distinta a la que a ella corresponde, no tiene nombre.

Finalmente, el segundo problema de Carlos A. Aguirre Rojas proviene de su propia visión de la historia. Lo que él denomina historia crítica no es tal o, al menos, es una historia crítica incompleta. El criticismo proviene de cuestionar las versiones existentes, encontrar sus fallos o sus faltas, y trabajar para presentar una mejor explicación, todo ello desde el punto de vista de quien asume la escritura. Sólo eso. No obstante, para él, y para quienes ven en la historia crítica un modo de imponer a los demás sus muy cerrados paradigmas, tales explicaciones deben surgir de una presentación tal vez sesgada de los hechos pero, sobre todo, inclinada a presentar lo que debería haber, lo que podría acontecer y una multitud más de verbos ubicados en el tiempo pospretérito. Además, por lo que se observa en sus obras, la historia que practica Carlos Aguirre es un enredijo de hipótesis sin comprobar —claro, porque él no es un positivista asqueroso—, un amasijo de opiniones y un conglomerado de visiones alternas de la realidad. Si le gusta privilegiar el lado de los oprimidos, bien por él, adelante; empero, si para presentar tal postura arma un contexto ficticio, elimina datos cruciales y juega con lo que a él le parece mejor que debería existir en ese lugar y en ese momento, entonces no está haciendo historia. Cuando más, razona acerca de los temas que le parecen relevantes, entra en el terreno de la opinión política y se mete de lleno en el ámbito de la ficción, entendida ésta no como categoría peyorativa, sino como espacio distinto al de la realidad instrumental que tanto parece molestarle.

Si ésa es la historia que debe hacerse, y si en eso consiste la historia crítica que promueve, creo entonces que en la UNAM podemos seguir haciendo lo que él considera como historias feas —materialistas, empiristas, posmodernas o historicistas— muy a gusto. No seremos jamás de sus elegidos pero, cuando menos, nos mantendremos dentro de los límites de la disciplina y, en la medida de nuestras posibilidades, contribuiremos a la construcción del conocimiento histórico más allá de críticas exacerbadas y recetarios absurdos.

9 de septiembre de 2010

Atentados fílmicos.

Con el permiso del especialista en temas fílmicos, César Miranda —cuyo blog recomiendo ampliamente—, y esperando no se enfade por andarme yo metiendo en sus terrenos, dedicaré la presente entrada del ciclo Centenarios y bicentenarios sui géneris a examinar una peliculita  de tema histórico presenciada hace unos cuantos días. Así, con la venia, tanto del respetable como del aludido, procedo.

Al finalizar el pasado mes de agosto se estrenó en distintas salas de cine la película El atentado, dirigida por Jorge Fons, basada en el libro Expediente del atentado, de Álvaro Uribe. Mediante un buen manejo narrativo —a través del cual Fons inserta distintas escenas retrospectivas bien logradas en el tiempo presente que sirve de asiento a la trama—, el director relata un episodio poco conocido —hasta ahora— del periodo porfirista: el atentado sufrido por Porfirio Díaz la mañana del 16 de septiembre de 1897 a manos de un sujeto que, después, sería asesinado en la cárcel.

Como todo en esta vida, la cinta tiene sus puntos fuertes y sus grandes baches. Destaca —aunque la crítica especializada no lo haya hecho notar—, por ejemplo, el Porfirio Díaz interpretado por mi muy estimado Arturo Beristáin quien, me consta, preparó con esmero el personaje. Arturo, maniático de la exactitud si de meterse con los sujetos de la historia se trata, compró cera para bigote, buscó —aún no sé si infructuosamente— polvo de arroz para cubrir su rostro, leyó descripciones sobre la manera en que Díaz se movía y caminaba, y escuchó con detenimiento las grabaciones en las que se encuentra registrada su voz, con lo cual logró imitar, de forma impecable, el tono cansado con que el presidente de la República tendía a expresarse. El resto de los personajes principales queda asimismo bien, unos mejores que otros —Giménez Cacho, por ejemplo, luce más que Julio Bracho, éste opaca con facilidad a Irene Azuela, y todos quedan por debajo de José María Yazpik—, pero todos resultan un poco lejanos del modo en que es recreado Porfirio Díaz. Éste sería, justamente, el primer problema de la película: no haber emparejado el esfuerzo realizado por Arturo Beristáin en la construcción de su personaje y dejar que los demás se imaginaran cómo eran y qué hacían sus sujetos. Cierto es que no siempre resulta fácil encontrar datos a la mano; sin embargo, el Federico Gamboa de Giménez Cacho luce un tanto desparpajado, un tanto, si se me permite la expresión, fuera de contexto, como un clásico mexicano posmoderno al que sólo se hubiera vestido con ropas del siglo XIX y se le engomara el bigote. Los demás, por el estilo.

Ya que se habla del vestuario, éste es, sin duda, uno de los puntos fuertes de la producción. Así, los ropajes son magníficos, sin tacha, el trabajo de peluquería es también impecable y los carruajes quedan muy bien —con el excelente detalle que representa haber introducido, en una escena, un tranvía de mulitas—. Sin embargo, el trabajo de escenografía es... extraño. Los interiores que se filmaron fuera de la Ciudad de México aprovecharon edificios virreinales para dar un toque de solemnidad a casas y oficinas, aunque es notorio que los personajes están, justamente, en algún sitio que no es el Palacio Nacional —imposible de utilizarse debido a los murales de Rivera—, y todo ello comienza a perder verosimilitud. El problema capital, no obstante, aparece al filmar los exteriores. No sé si Fons trató deliberadamente de recrear un espacio de tipo teatral, donde el decorado es manifiestamente falso, o si emprendió un juego amplísimo de convenciones mediante las cuales pretendía que el espectador asumiera lo irreal como eso, como irreal, pero que terminara por incluirlo en un paradigma de tipo real. Parece, de cierta forma, que todos los decorados tienden a crear un espacio absurdo —como en Pachito Rex— que no colabora con el entendimiento de las escenas, sino que rompe con la percepción del espectador al no complementarse con una historia que le hiciera cobrar tal significado —como sería el caso si la trama se desarrollara a manera de farsa— y mezclarse con elementos bien recreados. A ello se añaden problemas con la iluminación —en la primera escena, por ejemplo, uno no termina de saber si es de noche o de día, dadas las tinieblas que reinan al interior de la cantina que le sirve de escenario, mismas que contrastan con la luminosidad del diorama mostrado a través de una ventana—, errores obvios —un letrero inoportuno, una carretera asfaltada— y minucias que operan en detrimento de la calidad del filme.

Por lo que respecta a los detalles de la trama, hay dos dificultades mayores: la primera, el escaso juego que Porfirio Díaz tiene en todo el embrollo que se teje a su alrededor, y que puede ser visto como un síntoma de que el presidente vivía en un mundo extraño, ajeno en ocasiones a las maniobras de sus colaboradores cercanos. El segundo, el rol que desempeña el papel de Irene Azuela en el relato. Cierto es que, en torno al personaje, se anuda el conflicto que conduce al desenlace; sin embargo —hago una pausa para anunciar al respetable que contaré un fragmento crucial de la narración; por tanto, si aún no han visto la película y tienen intenciones de verla, salten hasta el siguiente párrafo—, hay un profundo hoyo narrativo: ¿en qué momento Eduardo se entera de que Cordelia le es infiel con Arnulfo, de modo tal que decide tenderle una trampa para deshacerse de él? Si lo supo de cualquier forma —la película no lo dice; por ende, resulta inapropiado suponer un cómo o un por qué—, ¿cómo es que no se enteró de que la buena Cordelia también le adornaba el frontispicio con Federico? Misterio total. La venganza, que el espectador comprende como tal, queda falta del elemento clave que permita enlazar la consecuencia con la causa. A esta dificultad se aúna otra, de tipo menor pero que, vista a asiduidad con que el cine echa mano de tal recurso, conviene poner sobre la mesa: ¿por que, para que la trama funcione, debe de haber una escena de sexo semi explícito en algún lugar? El acostón que protagonizan Cordelia y Federico resulta completamente fuera de sitio, no contribuye a la tensión dramática ni tampoco añade un ápice en tanto elemento caracterológico. Entonces, ¿era necesario, imprescindible, mostrar a la Azuela medio desnuda para así generar otro tipo de atractivo? En mi opinión, no; por el contrario, abarata un poco la película.

A todo esto, ¿qué hay con la historia? ¿Qué historia cuenta Fons en su película? Una muy extraña, desde mi punto de vista. La película, financiada por tres gobiernos estatales y por una buena cantidad de titanes de la industria, enreda al presente con el pasado y, de cuando en cuando, deja ver dos elementos criticables a este respecto: uno, muestra las concepciones políticas del director y de los argumentistas, perfectamente aceptables en una historia que se desarrollara hoy en día, pero cuestionables si se ponen en boca de sujetos cuya existencia se remonta al final del siglo XIX y, más aún, si se busca que el observador las extraiga de su momento y las traiga al presente —como la cancioncita que, en dos ocasiones, interpreta Arnulfo—. Dos, el relato parece sugerir una suerte de repetitividad histórica —el ya famoso 1810, 1910...— y, peor todavía, cierta precognición de lo que, trece años después de lo narrado, acontecería con el régimen porfirista. No en balde, dentro de la publicidad de la película, o en las críticas y reseñas elaboradas a propósito de la misma, algún incauto comentó que el atentado constituyó "la primera muestra del estallido revolucionario que tendría lugar en 1910". Si de montar continuidades a modo de trata, podría entonces decirse que el primer brote tendría lugar en 1884, con la primera reelección de Díaz, o en el momento en que se negó a regresar la presidencia a Manuel González, o en la consolidación del cuerpo de rurales. Para la historia mal contada —o contada desde la arbitrariedad del lego—, cualquier elemento que se relacione, así sea lejanamente, con el hecho que se asume como punto de llegada de una historia en particular, es sinónimo de causa, de origen, de inicio incuestionable.

Restan dos apuntes, a manera de remate. Primero, leí por ahí un comentario, en el sentido de que la película hace un guiño al lector instruido al mostrar, en ciertos fragmentos, una construcción supuestamente basada en los planteamientos de Kierkegaard. A mi juicio, tal es una sobreinterpretación manifiesta, en la que se ve lo que se quiere ver acerca de la fe, el compromiso y el amor. Si tal fuera el caso, también podrían encontrarse ligas convenientes con el pensamiento de Einstein, Marx, Hegel, Koselleck o Foucault, por citar algunos ejemplos. Sin embargo, me parece que la historia queda ahí, simplemente en lo que presenta, y es el lector el que le pone un sentido, en ocasiones ramplón —como se aprecia en la mayoría de los comentarios que alaban o critican a la película de marras— y en otras, las menos, disparatado —según señala Umberto Eco en su ya clásico Lector in fabula—.

El segundo apunte es simple: ¿vale la pena ver El atentado, a pesar de lo aquí expuesto? En mi opinión, sí. No tanto, como dicen algunos, por el mero hecho de "apoyar al cine mexicano" —que, si busca que lo apoyen, debe presentar películas de calidad, no bodrios que obligatoriamente deben ser vistos—, sino porque, junto con todos sus problemas, tiene elementos de valor. Primero que nada, rescata un hecho poco conocido de la historia nacional. Segundo, el tratamiento del hecho en sí es, hasta cierto punto, bueno. Tercero, las actuaciones de los protagonistas y de algunos actores secundarios —Salvador Sánchez, Angélica Aragón— son dignas de verse —aunque las de María Rojo y Aislinn Derbez sean horribles, francamente olvidables—. Por último, permitirá contar con mayores elementos al momento de juzgar las innumerables manifestaciones de todo tipo a que ha dado lugar la conmemoración de los centenarios. El momento para efectuar el análisis vendrá después; mientras, es hora de juntar las evidencias, examinarlas con cuidado, y esperar a que el cuadro completo tome forma.

31 de agosto de 2010

Gritos muertos.

Hoy dio inicio la esperada serie de Televisa Gritos de muerte y libertad. Con un reparto que abarca de lo sublime a lo ridículo, la empresa televisora pone su granito de arena para imbuir a los mexicanos un poco de conciencia histórica y, de paso, mostrar la visión que tiene del pasado nacional.

A primera vista, la serie promete: decorados de lujo, vestuarios impresionantes, utilería de primer mundo. Cierto es que tiene sus fallas en el vestuario —a mi gusto, le sobran encajes a las camisas de los realistas—, en las escenografías —la serie de escalones que dan acceso a la casa de Azcárate parece un disparate supremo— y en las caracterizaciones —dicho en breve, sobran barbas, sobre todo las de Primo de Verdad e Iturrigaray— pero, más allá de eso, el impacto visual es innegable sin resultar exagerado —como sí lo es, por ejemplo, el insondable escote con que Ana de la Reguera promueve, en espectacular afiche, la película Hidalgo— y, sobre todo, parece atinado.

¿Cuál es, entonces, el problema de la serie? Justamente, todo lo que se relaciona con los personajes. Por principio de cuentas, se apela a la clásica dicotomía entre buenos y malos, lo que no deja adivinar el sentido de las acciones emprendidas por los personajes. Así, los realistas ansían permanecer en el poder —en lo que no hay error alguno—, mientras que los criollos autonomistas, ya desde un principio, vislumbran que su causa quedará mocha si no busca, en algún momento, la libertad total de la Nueva España. Así, entre la santificación de los miembros del ayuntamiento de México y la asunción de éstos en tanto personajes poseedores de una clarividencia innegable, la serie arranca mal. Muy mal.

Viene luego el problema de los diálogos. ¿Quién diablos construyó los parlamentos de los personajes? ¿Por qué las únicas líneas vivas las pronuncia Miguel Rodarte —que personifica a Azcárate— al decir, con muy bien actuada furia, "un cura loco no va a cambiar nada", mientras que el resto de los héroes son de cartoncillo vil? Los héroes, de cartoncillo; los villanos, de paja. Si de algo ha carecido el primer episodio de la serie es de fuerza, más allá de una buena escena protagonizada por Mario Iván Martínez. El drama que se vive en la Ciudad de México entre agosto y septiembre de 1808 queda reducido a un enredo suave, a un problemilla pasajero. Lo que se juega, ni más ni menos que el poder y las riquezas de la Nueva España, se limita a un "Ajá. El virrey es un ladrón. Señor arzobispo, hay que frenarlo". "Sí, bien, así haremos". Tanta emotividad me conmueve.

Si los diálogos son para llorar, la dirección escénica es para morir, y no precisamente entre gritos, sino más bien víctima de algún susto... o de bilis. Dentro de la secuencia final, Gabriel de Yermo se apersona en la misma recámara del virrey —y lo pilla punto menos que en calzoncillos— y le sonríe malignamente. Lo ha cazado y echará abajo, en connivencia con los miembros de la Audiencia, sus planes autonomistas. Vaya, parecería estar bien, ¿o no? Pues no: al entrar los guardias de la Real Audiencia, el virrey sufre una cuadraplejia súbita —o al menos eso parece, toda vez que pronuncia unas frases ridículas y, de inmediato, queda inmóvil, con los brazos abiertos en cruz— mientras que, de la nada, sin señal alguna de por medio, Yermo aparece junto a la cama, como si de Satanás se tratara, rascándose satisfecho la barriga y con sonrisa socarrona incluida. Sólo le falta el tufillo a azufre.

Los personajes, entonces, aparecen a voluntad en el sitio en que el guionista lo ha prescrito. Tan es así que la siguiente escena representa a Azcárate, Talamantes y Primo de Verdad en pleno acto de dar con sus huesos en la cárcel; segundos después, los dos últimos son asesinados —con lo que la historia contada da por cierto algo que no se sabe a ciencia cierta, pero que resulta admisible en tanto interpretación—; segundos más tarde, a Azcárate le ha crecido una enorme barba —a la moda Montecristo/Jim Caviezel— y un letrerito anuncia "Ciudad de México, septiembre de 1810". Ah, caray. ¿No estábamos en 1808? ¿Cómo pasaron dos años así, sin sentirlos? Cierto es que el tiempo vuela, pero el modo en que la serie lo trata resulta... excesivo, por decirlo de algún modo. El tiempo vuela y las noticias también porque, encerrados en un foso pestilente, Azcárate y compañía saben del movimiento de Miguel Hidalgo —se ignora cómo han logrado enterarse—, saben que el tío no tiene la menor idea de cómo deberá guiar a las masas sublevadas, y ya vislumbran la independencia. Comunicaciones posmodernas en pleno siglo XIX.

Las enormes —léase e-nor-mes— fallas en los diálogos y en la secuencia misma de las imágenes se intentan remediar mediante textos insertados aquí y allá que, con lenguaje de peor libro de texto, tratan de explicar qué es lo que está pasando. Sin embargo, sirven de muy poco porque, en lugar de ampliar la información en la medida de sus posibilidades, se limitan a repetir lo que recién ha mirado el espectador. Así, tras observarse la prisión del virrey y de los miembros de ayuntamiento, una notita aclara: "el intento autonomista fue acallado con un golpe de Estado". Obvio, señores míos: eso se ha visto. No obstante, es posible que la televisora tenga muy en cuenta que el auditorio de la misma se compone de seres no pensantes y, por lo mismo, apele a la redundancia —que no a la explicación— para poner en claro las cosas. Aunque, pensándolo bien, si los espectadores son iletrados, ¿sabrán qué implica tal "intento autonomista", o qué significa dar un "golpe de Estado"? Se duda mucho. También dudo que los espectadores de esta miniserie encajen por completo en los parámetros del auditorio típico de telenovelas, con lo que los textitos lelos se convierten, no sólo en un sobrante, sino quizás en un insulto a la inteligencia.

Tal es, en resumen, la nueva serie histórica del monstruo televisivo. No sé qué pretendan con su exhibición porque, si como instrumento de divulgación histórica resulta un bodrio supino, como programa de televisión no lo es menos. Sin trama, sin personajes fuertes, sin diálogos convincentes, ¿qué será de estos gritos? Tal vez algo para morir... de la risa. Y eso que sólo se ha transmitido un capítulo; quedan doce listos para ser recortados.

Por cierto: si quiere usted, amable lector, saber quién o quiénes son los responsables de la sarta de errores aquí comentada, afine su vista supersónica y "apúntele bien", porque todos los créditos —un total aproximado de ocho páginas— aparecen en, a lo sumo, dos segundos al final del episodio.

31 de diciembre de 2009

El año bicentenario.

En diez horas, minutos más, minutos menos, comenzará el tan anunciado 2010, año del bicentenario de la independencia y del centenario de la revolución; año en el que, para no perder la costumbre -si el presupuesto lo permite-, escucharemos discursos huecos, presenciaremos la aparición de libros sin sentido alguno, contemplaremos la construcción de monumentos de distinto estilo y valor estético y, por si fuera poco, nos hallaremos sometidos a campañas publicitarias intensivas en las que, de un modo u otro, se nos hará ver la importancia de ser mexicanos, democráticos, felices y, por supuesto, independientes.

Más allá de lo anterior, las preguntas que guían estas reflexiones son: ¿hacia dónde marchan los festejos del centenario y del bicentenario? ¿Qué anima a los gobernantes a realizar todo lo mencionado? Más importante aún, ¿cómo se entiende la historia desde el enfoque de las conmemoraciones centenaria y bicentenaria? Trataré de hacer un poco de claridad, desde mi perspectiva, sobre tales cuestiones.

Por principio de cuentas, vale anotar que las celebraciones que tendrán lugar el próximo año son, como quiera que se les vea, un par de sinsentidos, un par de conmemoraciones hueras que, por seguir con la costumbre, asocian el inicio de algo -si es que el mismo acotecimiento puede considerarse como un antecedente, directo y natural, de aquello que se constituirá en tanto significado del mismo o, dicho de otra manera, como "palabra clave" del proceso- con su resultado. Así, proclamar -tal y como hacen una televisora sin cerebro, una comisión del gobierno federal encabezada por un pseudo historiador, y decenas de comisiones estatales y municipales manejadas lo mismo por aficionados que por sanguijuelas políticas- que el próximo año se conmemorarán los "doscientos años de ser mexicanos" o que celebraremos "el cumpleaños doscientos de México", significaría que, por la sola obra del grito de Dolores, México habría aparecido como entidad geopolítica diferenciada, poseedora de un territorio y un gobierno propios -dicho en toda la amplitud del término-, cuando lo cierto es que, para todo efecto, el nombre mismo sólo servía para definir una intendencia de la Nueva España y, por consiguiente, a la ciudad que servía como capital de la misma y del virreinato en su conjunto. En cuanto al centenario de la revolución, parecería ser que los problemas son menores, dado que la derrota del PRI en el año 2000 ha conducido a que la celebración del 20 de noviembre se convierta en un asunto menor, visto que el partido en el gobierno no se asume como heredero de la lucha armada, ni intenta conectarse de forma directa con el acontecimiento.

El problema más grande a que la disciplina histórica se enfrentará el próximo año consistirá, justamente, en delindarse del cúmulo de despropósitos que autoridades, partidos políticos, comisiones varias, y sobre todo aficionados al manoseo del pasado, realizarán en medio de la efervescencia centenaria. El primer punto a atender es simple: ¿realmente el 16 de septiembre y el 20 de noviembre pueden verse como el inicio de aquello que concluyó en 1821 y en algún momento de la década de 1920? ¿O todo es parte de una simple dotación de sentido realizada, como es natural, a posteriori, mediante la cual se asumió que Iturbide era el consumador de la obra iniciada por Hidalgo, y que los gobiernos del maximato constituían el cierre del movimiento maderista? Si se mira con ojo crítico, resulta claro que todo es parte de procesos distintos: la consumación iturbidista -a la que hábilmente fue sumado un muy ingenuo Vicente Guerrero- se originó desde un proyecto distinto al acariciado por los conspiradores de Querétaro, mientras que los gobiernos posrevolucionarios tenían, por definición, ideas del poder, el bien común y la conformación del Estado, diferentes a las perseguidas por Madero en el Plan de San Luis. Por tanto, lo lógico es preguntar ¿qué celebraremos, si lo ocurrido en 1810 y en 1910 no tuvo el efecto discursivo que se le ha asignado? Es decir, ¿cómo asumir que se debe a Hidalgo -en una aberrante personalización de la historia- la independencia, o a Madero -nueva personalización- la modernidad nacional?

Un elemento que se pasa por alto en la euforia festiva es el hecho, tan simple como evidente, que aquello que se festejará -independencia, revolución- no pasó como tal el día en que se conmemorarán el bicentenario ni el centenario. Así, el 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo exclamó algo -que no se sabe bien a bien- en el atrio de la parroquia de Dolores, juntó a unos pocos seguidores, apresó a las autoridades del minúsculo poblado, liberó a los presos que se encontraban en la cárcel local... y nada más. O sea, de independencia, nada porque, para comenzar, la misma no se hallaba entre sus planes -por mucho que le quieran buscar algunos sesudos especialistas en la materia-, mismos que se centraban en la obtención de una mayor autonomía política y económica para el virreinato pero sin romper los vínculos con la metrópoli. En cuanto a la revolución, sabido es que Madero pidió a los ciudadanos inconformes con la dictadura porfirista que el 20 de noviembre de 1910, a las 6 de la tarde, tomaran las armas y se sumaran a su movimiento, y que quienes se hallaran en localidades alejadas de las principales poblaciones debían ponerse en marcha desde la víspera. Lógicamente, ante la información recibida, las autoridades estaban atentas a cualquier síntoma de rebelión y, como era de esperarse, el día 20 no sucedió nada.

Visto lo anterior, me permito reiterar mis preguntas: ¿qué se celebrará el próximo año en cada una de las magnas fechas recién mencionadas? ¿Es realmente "el cumpleaños de México" el 16 de septiembre? ¿El país sufrió una revolución -política, económica, social, cultural- el 20 de noviembre? La respuesta es simple: no, nada. ¿Para qué sirve, entonces, festejar? Bien... este... pues, obviamente, para lo que sirven los festejos patrios: para tomar un fragmento del pasado, eliminarlo de su contexto, y crear una continuidad ininterrumpida con el presente, trazando un muy equivocado proceso de larga duración -como lo son casi todas las largas duraciones, ficticias y plenas de rupturas que son dejadas de lado, Foucault dixit- que dote de identidad a México, como si éste pudiera entenderse desde una sola perspectiva homogeneizadora, como si todo el "ser del mexicano" -vaya despropósito, por mucho que Octavio Paz haya abundado sobre la materia- se explicara a partir de un par de momentos considerados fundacionales.

Sea como sea, los festejos del próximo año servirán para que, por un lado, existan quienes se dediquen a ensalzar, sin ton ni son, la labor de los prohombres que nos dieron patria, libertad, democracia y modernidad, mientras que no faltarán los anacrónicos o los descontextualizadores -muchos de ellos, oh desgracia, integrantes del propio gremio de historiadores- que cuestionarán qué clase de patria, libertad, modernidad y democracia tenemos el día de hoy, e incluso no faltará el loco que, por todos los medios a su alcance, pretenderá erigirse como el nuevo Hidalgo, el nuevo Madero o, inclusive -aunque nada tenga que ver con lo celebrado-, el nuevo Juárez. En la posmodernidad instantánea que permite eliminar los años transcurridos entre el "inicio" de cada proceso y su conclusión -poco evidente en el caso de la revolución o, cuando menos, carente de definición cabal-, lo primero equivale a lo segundo -como si comprar harina equivaliera a tener el pastel listo para ser deglutido-, los personajes trasponen sus horizontes históricos específicos, las categorías enunciativas se vuelven polvo ante el manoseo desmedido, y los teóricos del caos -por completo ignorantes a los mínimos planteamientos históricos serios- anuncian el inminente comienzo de otro movimiento, dado que la historia "se repite". Vaya patochada.

Feliz 2010 a todos los lectores de este textito. Esperemos que, más allá de la ola de estulticia que se dejará venir, sea un mejor año para todos y que, para quienes nos dedicamos a la divulgación de la historia -bien hecha, no cercana a Villalpando, Crespo, Rosas, Martín Moreno y simuladores de parecido cariz-, al menos se nos deje, para opinar, una pequeña parcela en el terreno donde todo mundo hablará de las fiestas, aun sin saber bien a bien de qué va la cosa.